Cuando el trabajo deja de ser necesario

Inteligencia artificial, identidad y sociedad

La discusión sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) en el mundo laboral suele plantearse así:

¿Cuántos puestos de trabajo serán reemplazados por máquinas? 

No es que no sea relevante pero resulta insuficiente para comprender la profundidad de la transformación que estamos atravesando. La IA no sólo va a modificar la cantidad o las características del empleo; sino que también alterará la relación histórica entre trabajo, identidad, conocimiento, reconocimiento social y sentido de la vida.

Desde la Modernidad, el trabajo se convirtió en una de las principales instituciones (sino la más) organizadoras de la existencia. Trabajar no significa únicamente obtener ingresos para vivir sino que el trabajo estructura el tiempo cotidiano, proporciona reconocimiento, genera vínculos, permite proyectar el futuro y por lo tanto constituye una de las principales fuentes de identidad social. La pregunta "¿a qué te dedicás?" no pretende únicamente información económica: sitúa al individuo dentro de la sociedad.

Si la inteligencia artificial y la automatización llegaran a reducir significativamente la necesidad de trabajo humano, el problema no sería únicamente económico. Podría afectar una institución alrededor de la cual las sociedades modernas organizaron buena parte de la experiencia individual y colectiva.

Para comprender esta transformación resulta útil poner en diálogo las perspectivas de Richard Sennett (“La corrosión del carácter”), Byung-Chul Han (“La sociedad del cansancio”)  y Yuval Noah Harari, (“Nexus”) incorporando además Ready Player One  (la película) como escenario especulativo.

La cuestión central puede formularse de este modo:

Si el trabajo fue una de las principales formas mediante las cuales el ser humano moderno respondió a la pregunta "¿quién soy?", ¿qué sucederá cuando trabajar deje de ser una necesidad económica para una parte significativa de la población?


1. La transformación histórica del trabajo: de la estabilidad a la flexibilidad

La centralidad contemporánea del trabajo es el resultado de un largo proceso histórico. Con la consolidación de la sociedad moderna y, especialmente, del capitalismo industrial, el trabajo asalariado adquirió funciones que excedieron la producción y la subsistencia.

Entonces, la profesión pasó a organizar trayectorias vitales:

  • la formación/educación
  • el ingreso al mercado laboral
  • el desarrollo profesional
  • reconocimiento
  • jubilación.

El trabajo proporcionaba una narrativa biográfica relativamente estable:

aprendizaje → experiencia → oficio o profesión → reconocimiento → jubilación.

No se trataba simplemente de tener trabajo, sino de construir una historia personal alrededor de él.  De allí la estrecha relación entre trabajo, identidad y reconocimiento social.

Los cambios socioeconómicos de las últimas décadas han modificado progresivamente esta relación porque las trayectorias laborales se hicieron más discontinuas, las organizaciones más flexibles, por lo que la adaptación permanente se convirtió en una exigencia. Es en este contexto donde resulta especialmente pertinente la obra de Richard Sennett.

En La corrosión del carácter, Sennett analiza las consecuencias subjetivas del capitalismo flexible. La flexibilidad no implica solamente cambiar de empleo con mayor frecuencia sino que afecta directamente la posibilidad de construir una trayectoria coherente a partir del trabajo. El trabajador debe estar dispuesto a cambiar de función, adquirir nuevas competencias, abandonar conocimientos que quedaron obsoletos y comenzar el ciclo nuevamente.

EL trabajo proporcionaba identidad y sentido a la trayectoria de vida. Ahora, la pregunta deja de ser solamente "¿qué sé hacer?" y pasa a ser "¿qué puedo aprender a hacer ahora?".

Así, la capacidad de adaptación comienza a ocupar el lugar que anteriormente tenía la experiencia acumulada, lo que produce una paradoja: un sistema laboral puede volverse más dinámico y, al mismo tiempo, dificultar la construcción de una identidad profesional estable.

Esta transformación prepara el terreno para la segunda dimensión del problema, desarrollada por Byung-Chul Han en "La Sociedad del cansancio".


2. Del trabajador flexible al sujeto del rendimiento

Byung-Chul Han en su libro “La sociedad del cansancio” nos permite comprender cómo la transformación del trabajo afecta no solamente las trayectorias profesionales, sino también la relación del individuo consigo mismo.

Para Han, las sociedades actuales se caracterizan cada vez menos por una disciplina del rendimiento basada exclusivamente en órdenes y prohibiciones externas y cada vez más por una lógica del rendimiento.

Pero se trata de una lógica rendimiento que no se impone desde el sistema social, desde el “afuera”, sino que el individuo al convertirse en empresario de sí mismo está obligado a mejorar, capacitarse, optimizarse y demostrar permanentemente su productividad, lo que explica la incidencia de lo que se conoce como “Fear Of Missing Out” (FOMO).

Porque la exigencia deja de presentarse únicamente como una orden (externa) sino que adopta la forma de libertad y autorrealización. Esta transformación resulta particularmente importante para comprender el impacto de la tecnología. Una herramienta que permite realizar una tarea más rápidamente puede utilizarse para reducir el tiempo de trabajo, pero también para aumentar la cantidad de trabajo que se espera del trabajador.

La IA puede intensificar esta paradoja porque si bien permite producir un informe en una hora en lugar de cuatro, la organización (o también el mismo trabajador) puede utilizar las tres horas restantes para que descanse o para asignarle tres tareas adicionales.

De está manera, el aumento de productividad no conduce necesariamente a una disminución del trabajo.

Puede traducirse en un aumento de las expectativas.

La IA puede, de este modo, actuar simultáneamente como tecnología de liberación, pero también como tecnología de intensificación del trabajo. Sin embargo, existe una diferencia que resulta decisiva respecto de las tecnologías anteriores: la IA no solo permite trabajar más rápido sino que puede participar en aquello que constituye el contenido cognitivo del trabajo. Porque además de ser una herramienta, puede tomar decisiones por su cuenta, tal como lo haría el usuario de esa herramienta.


3. La inteligencia artificial como Inteligencia ajena

Una máquina industrial puede multiplicar la fuerza humana; una computadora puede acelerar el cálculo; Internet puede ampliar enormemente la capacidad de acceder y transmitir información. En estos casos, la tecnología amplía capacidades humanas.

La inteligencia artificial introduce una diferencia cualitativa. Puede procesar información, generar contenidos, establecer relaciones, formular alternativas, realizar inferencias y, en determinados contextos, producir recomendaciones o participar en procesos de decisión.

No es necesario atribuirle conciencia, voluntad o intencionalidad humana para reconocer esta diferencia, porque lo relevante es que una parte del procesamiento cognitivo que interviene en el trabajo deja de pertenecer exclusivamente al trabajador humano, y llamarla “Superinteligencia”, está bien lejos de entenderlo.

La relación tradicional: humano → herramienta → resultado    

comienza a transformarse en:   humano → inteligencia artificial → recomendación o decisión → resultado.

Aquí adquieren relevancia las reflexiones de Yuval Noah Harari en su libro “Nexus” sobre la capacidad de los sistemas de IA para procesar información y producir nuevas secuencias de información capaces de intervenir posteriormente en las decisiones humanas. para Harari no es una Superinteligencia sino de una inteligencia ajena: una caja negra que procesa la información de una manera opaca y situada fuera del individuo que puede incidir en la autonomía de las personas.

Un profesional puede utilizar una IA para analizar un caso, redactar un informe, formular una estrategia o realizar una recomendación sin comprender completamente cómo el sistema llegó a ese resultado. Aparece así el problema de la caja negra.

El usuario conoce la información que introdujo y observa el resultado obtenido, pero puede no comprender plenamente las operaciones internas que conectan ambos extremos.

Esto genera una paradoja: la inteligencia puede ser delegada, pero la responsabilidad puede continuar siendo humana.

Un médico puede apoyarse en una recomendación algorítmica y continuar siendo responsable de la decisión clínica. Un abogado puede utilizar una IA para analizar información y continuar respondiendo por su interpretación. Un directivo puede recibir una recomendación generada algorítmicamente y continuar siendo responsable de la decisión empresarial.

La IA introduce así una posible transformación de la autonomía profesional: el trabajador conserva la responsabilidad sobre el resultado mientras comparte la producción del criterio con una inteligencia cuyo funcionamiento no controla completamente (y lo controla cada vez menos).

En este sentido, podría hablarse de una alienación cognitiva: el trabajador no queda necesariamente separado del producto de su trabajo, pero puede comenzar a quedar parcialmente separado del proceso intelectual mediante el cual ese producto es elaborado.

La competencia profesional podría desplazarse progresivamente desde el "saber hacer" hacia el saber utilizar, evaluar y cuestionar aquello que la inteligencia artificial produce.


4. Cuando la automatización alcanza el trabajo humano

La cuestión adquiere una dimensión diferente cuando se combina la IA con otras formas de automatización y robótica porque si las máquinas pueden realizar tareas físicas y rutinarias sino también una parte creciente de las actividades cognitivas, en el futuro próximo va a aparecer un escenario en el que la producción económica requiera progresivamente menos trabajo humano.

Entonces la pregunta cambia, porque ya no se trata solamente de: "¿Qué trabajo tendrá cada persona?"

sino de: "¿Será necesario que todas las personas trabajen?"

Esta posibilidad resulta especialmente disruptiva porque la sociedad moderna construyó una relación muy estrecha entre trabajo e ingreso.

En términos generales: trabajo → salario → consumo → integración social.

Si disminuye estructuralmente la cantidad de trabajo necesaria, esa cadena comienza a romperse.

Aquí aparece el debate sobre el ingreso universal y sobre las propuestas que imaginan una economía en la cual la automatización va a generar suficiente abundancia como para desvincular parcialmente el ingreso del empleo.

La cuestión puede observarse como una forma de protección social, pero también como un mecanismo para preservar la capacidad de consumo en una economía donde las máquinas producen una proporción creciente de los bienes y servicios.

Surge así una paradoja propia del capitalismo automatizado:

  • el individuo podría dejar de ser necesario como trabajador y continuar siendo necesario como consumidor.
  • Pero resolver el problema del ingreso no resolvería necesariamente el problema de la identidad.

Si el trabajo deja de ser indispensable para sobrevivir, ¿qué ocurrirá con las funciones sociales que durante siglos desempeñó?



5. Ready Player One: trabajo, consumo y realidad virtual

Es en este punto donde Ready Player One, (la película) muestra un futuro cercano atravesado por desigualdad y precariedad, en la que una enorme parte de la experiencia humana gasta sus días en un entorno virtual donde las personas pueden estudiar, trabajar, relacionarse, jugar y construir identidades. No se plantea que este escenario sea una predicción literal, sino que permite imaginar una sociedad en la que las fronteras entre producción, consumo, entretenimiento e identidad se han borrado.

La participación del individuo en el sistema social está desvinculada de su participación en la producción.Una sociedad que necesita cada vez menos trabajadores, pero sigue necesitando consumidores.

En ese escenario, el individuo podría mantener su participación económica mediante el consumo, mientras una parte creciente de su experiencia social se desarrolla en entornos tecnológicos. Este escenario no es de ciencia ficción sino que propuestas de ingreso universal (como la de Elon Musk)  buscan equilibrar está paradoja.

La transición sería significativa:

homo laborans → homo consumens → ¿homo virtualis?

  • El homo laborans encuentra buena parte de su identidad en la actividad productiva
  • El homo consumens participa crecientemente de la sociedad a través del consumo
  • El homo virtualis construye sus relaciones, experiencias y formas de reconocimiento en espacios virtuales.

Ready Player One permite imaginar así una cuestión que excede la automatización: qué ocurre con la experiencia humana cuando la producción material deja de ser el principal escenario de participación social.


6. Del cansancio al vacío: la crisis de la centralidad del trabajo

Mientras que Sennett muestra los efectos de un trabajo que pierde estabilidad y continuidad sobre la construcción de la identidad del sujeto, BC Han muestra los efectos de un trabajo convertido en exigencia de rendimiento permanente. Aquí la automatización avanzada introduce una tercera posibilidad: un trabajo que pierde progresivamente su necesidad económica.

Las tres situaciones producen problemas diferentes:

  • inestabilidad → corrosión del carácter;
  • sobreexigencia → cansancio;
  • pérdida de necesidad → posible vacío.

Esta última cuestión resulta especialmente importante porque la eliminación de la necesidad de trabajar podría constituir una enorme liberación respecto de una obligación histórica.  Pero no eliminaría automáticamente la necesidad humana de encontrar propósito, reconocimiento, pertenencia y estructura temporal. Desde los inicios de la Modernidad, el trabajo desempeñó simultáneamente funciones económicas y simbólicas. Permitió ganarse la vida, pero también responder a preguntas como:

¿Quién soy? ¿Qué lugar ocupo? ¿Qué aporto? ¿Por qué soy reconocido? ¿Cómo organizo mi tiempo? ¿Qué estoy construyendo para mi futuro?

Una sociedad postlaboral tendría que encontrar nuevas instituciones capaces de responder a esas preguntas. Así, el problema, por tanto, no sería simplemente cómo garantizar ingresos cuando haya menos empleo.

Sería también cómo garantizar sentido social cuando el empleo deje de ser el principal mecanismo de integración.


Conclusión:

¿Quiénes seremos cuando trabajar deje de definirnos?

La inteligencia artificial puede ser comprendida como una nueva etapa de la transformación histórica del trabajo, pero su particularidad consiste en que no se limita a automatizar operaciones físicas o rutinarias. Puede intervenir en procesos cognitivos, generar información, formular alternativas y sobre todo tomar decisiones.

Sobre un mercado laboral ya transformado por la flexibilidad, la IA puede profundizar las tendencias descritas por Sennett: mayor discontinuidad, reconversión y pérdida de estabilidad profesional.

En el marco de la sociedad del rendimiento analizada por Han, puede convertirse además en una herramienta para intensificar la productividad y elevar las expectativas sobre el trabajador, con sus consiguientes efectos sobre el aparato físico y psíquico: agotamiento, estrés y depresión.

Pero, llevada hasta sus últimas consecuencias, puede producir un escenario diferente: una sociedad en la que una parte creciente de la producción pueda realizarse con una participación humana cada vez menor, y una necesidad cada vez menor de su participación.

En ese punto aparece el verdadero problema, porque la Modernidad no sólo organizó la producción alrededor del trabajo sino que organizó alrededor de él buena parte de la identidad, el reconocimiento, el tiempo y la integración social.

Por eso la pregunta fundamental ya no es únicamente:  ¿Cuántos empleos destruirá la inteligencia artificial?

Ni siquiera: ¿Qué profesiones sobrevivirán?

La pregunta más profunda es: ¿Qué ocurre con una sociedad que ha construido la identidad del individuo alrededor del trabajo cuando el trabajo deja de ser necesario para producir la riqueza que esa sociedad consume?

Un ingreso universal podría resolver parcialmente el problema de la distribución de los recursos. La automatización podría reducir el esfuerzo necesario para producir.  La inteligencia artificial podría liberar al ser humano de numerosas tareas.

Pero ninguna de esas transformaciones responde por sí misma a una pregunta esencial: qué hará el ser humano con su libertad cuando ya no necesite trabajar para sobrevivir.

Tal vez el desafío histórico de la inteligencia artificial no sea únicamente en adaptar el mercado laboral a las nuevas tecnologías.

Tal vez sea necesario algo más radical, imposible imaginar desde dentro del paradigma actual: imaginar una sociedad en la que el trabajo deje de ser el centro de la vida sin que, por ello, el ser humano pierda su identidad, su reconocimiento, su pertenencia y su sentido.

La cuestión última no es entonces qué harán las máquinas con nuestro trabajo.

Es qué haremos nosotros con una vida en la que trabajar ya no sea necesariamente la respuesta a la pregunta de quiénes somos.

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