Si la IA hace la tarea, la tarea está en debate
Hace unos días, durante una de las capacitaciones de nuestros ciclos de nanocursos de la Universidad del Aconcagua, una profesora me hizo una pregunta que escucho cada vez con más frecuencia:
¿Y qué hacemos ahora que los estudiantes hacen todo con inteligencia artificial?
La preocupación es real, muchos docentes sienten que el esfuerzo de diseñar actividades, trabajos prácticos y evaluaciones se desvanece cuando una herramienta puede producir una respuesta en cuestión de segundos. Sin embargo, quizás la pregunta más importante no sea qué hacen los estudiantes con la IA, sino qué les estamos pidiendo que hagan nosotros.
El especialista en educación y tecnologías Nicholas Burbules lo expresó con una claridad tan sencilla como incómoda: "Si a los estudiantes les dan tareas que puede hacer la IA, la van a usar; pero el problema no son ellos, es la tarea". La frase puede resultar desafiante, pero nos invita a mirar más allá de la herramienta. Porque, seamos sinceros, si una actividad consiste únicamente en buscar información, resumirla y presentarla en un documento, ¿Qué estudiante no recurriría a una tecnología diseñada precisamente para hacer eso?
Si pensamos detenidamente, nos damos cuenta que la historia de la educación está llena de herramientas que, en su momento, generaron preocupación: la calculadora, Internet, Wikipedia o los traductores automáticos. Ninguna desapareció. Todas nos obligaron a revisar nuestras prácticas. La inteligencia artificial está haciendo exactamente lo mismo.
El aprendizaje ocurre en el proceso
En este contexto, existe una diferencia enorme entre obtener una respuesta y construir un aprendizaje. Cuando un estudiante le pide a una IA que resuelva un problema matemático, redacte un ensayo o responda un cuestionario, puede conseguir un resultado correcto. Sin embargo, eso no garantiza que haya comprendido, analizado o desarrollado las habilidades involucradas. El aprendizaje no ocurre cuando aparece la respuesta. Ocurre durante el recorrido en los siguientes procesos:
- En la duda.
- En el error.
- En la revisión.
- En la búsqueda de relaciones.
- En la argumentación.
Por eso, diversos especialistas advierten que el riesgo no es tecnológico, sino pedagógico: delegar completamente en la IA aquellas tareas mentales que permiten construir conocimiento. De este modo, la pregunta, entonces, cambia. Ya no se trata de cómo evitar que los estudiantes utilicen inteligencia artificial, sino que se trata de cómo diseñar experiencias de aprendizaje que continúen exigiendo pensamiento.
Cambiar la consigna, no perseguir la herramienta. Ejemplos para el aula
Muchos docentes están dedicando una enorme cantidad de energía a intentar detectar si un trabajo fue realizado con inteligencia artificial, quizás esa energía podría invertirse en algo más enriquecedor, como diseñar actividades donde el valor no esté en la respuesta final, sino en el proceso que conduce a ella.
Por ejemplo:
- En lugar de solicitar un informe sobre el cambio climático, podemos pedir que los estudiantes comparen dos respuestas generadas por IA, identifiquen errores, sesgos u omisiones y justifiquen cuál consideran más sólida.
- En lugar de solicitar una biografía, podemos proponer una entrevista simulada en la que formulen preguntas originales y argumenten por qué las eligieron.
- En lugar de un trabajo final tradicional, podemos incorporar instancias de defensa oral, reflexión metacognitiva o construcción colaborativa del conocimiento.
La IA puede redactar un texto, pero todavía no puede reemplazar la experiencia personal de aprendizaje de un estudiante que debe explicar, debatir, defender una postura o conectar conocimientos con situaciones reales.
Humanizar no es prohibir
En consecuencia, existe una paradoja interesante, mientras algunos sistemas educativos intentan volver a las evaluaciones escritas tradicionales para evitar el uso de inteligencia artificial, otros comienzan a explorar formas más inteligentes de integrarla al aula. La diferencia no está en la tecnología, está en la intención pedagógica, porque humanizar la educación no significa alejarse de las herramientas digitales. Significa construir espacios donde la curiosidad, el pensamiento crítico, la creatividad y el diálogo continúen ocupando un lugar central. La IA puede generar respuestas, pero las preguntas significativas siguen naciendo de las personas y quizás ese sea hoy uno de los desafíos más importantes para quienes enseñamos: dejar de competir con las máquinas para concentrarnos en aquello que ninguna máquina puede hacer por nosotros: Diseñar experiencias que transformen. Porque cuando una tarea puede ser resuelta completamente por una inteligencia artificial, tal vez no estamos frente a un problema tecnológico, estamos frente a una oportunidad para repensar qué significa aprender.
Transparencia en el uso de la IA.
Artículo elaborado con asistencia de Claude.
La redacción final fue editada y verificada por la autora.
La imagen fue generadas por Chat GPT.
Fuentes
Burbules, N. (2026). “Si a los estudiantes les dan tareas que puede hacer la IA, la van a usar; pero el problema no es la IA, es la tarea”. Clarín. Entrevista realizada por Ricardo Braginski.
Nanocurso "IA y pensamiento crítico" Educación a Distancia. Universidad del Aconcagua
